Como si estuvieramos juntos

Hagamos un ejercicio social: Observemos la realidad en dos enfoques. Por un lado, un mundo conocido y alienado, una sociedad dividida, cruel e interesante; de leyes de diferenciación y discriminación que no dejan otra opción más que salir a manifestarse por las calles. Por otro lado, –y aquí entra el ejercicio– aspiremos a ver otra realidad en la que todo Israel son amigos. Todos somos una sola familia, conectados por invisibles hilos de amor, y cada uno en la sociedad es importante de igual manera.

Día a día vemos más claro cuánto necesitamos una nueva realidad como esa. Un sitio en el que estemos realmente conectados por encima de la sensación diaria de separación. No se trata de sonrisas falsas ni modales, sino de salir a un espacio espiritual completamente nuevo, una vida en cooperación con la fuerza superior que conecta todas las puntas entre nosotros en un solo tejido. La sensación de igualdad que se revelará será nueva, algo nunca visto, por la cual veremos que hay lugar para cada uno. La sensación de la fuerza superior como factor común nos proveerá la importancia de mantener la diversidad entre nosotros. Reconocer que las oposiciones que existen entre nosotros, la riqueza de opiniones y conflictos, sirven como suelo fértil para el conocimiento de la naturaleza íntegra y armónica.

Para que esta realidad soñada se materialice, solo tenemos que dar lugar y salir de la visión común del mundo. Actuar como si estuviéramos viviendo la nueva percepción de la realidad en lugar de la percepción egoísta estrecha que nos domina. Practicarlo realmente, actuar, imaginarlo, como niños que juegan a ser grandes. Vernos ya viviendo dentro de una familia cálida y querida, en un abrazo familiar. Embarcarnos en la imaginación y dejar que nuestros sentidos de amor ocultos entre nosotros se expandan e iluminen todos los espacios oscuros que hay entre nosotros.

Entonces obrará la magia de la naturaleza: la aparente actuación se convertirá en una realidad nueva. La realidad irá cambiando a la vista. No es la realidad la que cambiará, sino nuestra percepción de la misma.

Aun cuando actuamos dentro de círculos aislados para elevar el valor de la unidad, ya sea en manifestaciones en las calles o en las redes sociales, esto no basta para elevarlo a un nivel nacional. Cierto que hoy ya no se teme por los conflictos ni tampoco los ocultamos como solíamos hacerlo. Ya tenemos claro que ciertos grupos sociales no aceptarán jamás a otros, derecha e izquierda no renunciarán a su posición, y cualquier otro conflicto en la sociedad seguirá en pie.

Solo que reconocer la diversidad no es suficiente para elevarnos a un nuevo espacio.

Nos hace falta la necesidad, el impulso de romper la barrera de la percepción. El ego nos mantiene en cautiverio, encadenados a una percepción de un mundo dividido en el que no podremos reconstruirnos. Ahora parece que la necesidad de cambio llegará solo cuando la división crezca, cuando los problemas, como guerras y luchas y manifestaciones se hagan más dolorosos y más violentos. Pero hay otro modo más corto, más rápido y más placentero. Actuando, ejercitando, educando.

Hace ya dos mil años que los cabalistas nos vienen señalando la unidad como solución a nuestros problemas. Nos advierten constantemente que si no promovemos la conexión a la raíz común, los eventos de la vida nos enseñarán a hacerlo ruda y prolongadamente. Por eso debemos comenzar ya a sentir que nuestro futuro y el futuro de nuestros hijos, de la sociedad entera, depende de una actitud favorable entre todos. No nos exijamos doblegar nuestras opiniones o anularnos ante los demás. Exijámonos solamente actuar la percepción de un mundo nuevo. Vivir como si ya estuviéramos conectados en un solo corazón.

El amor fraternal que se creará entre nosotros recibirá el nombre de “Tercer Templo”.

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